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Apuntes sobre Manuel Terán y sus paisajes urbanos por Martín F. Yriart
Recrear el paisaje urbano en un óleo es un desafío, en el siglo XXI, cuando el paisajismo parece un fósil estético del siglo XIX, y las artes plásticas se alejan de lo bidimensional y estático, para buscar expresarse en lo efímero y muiltidimensional de instalaciones y actuaciones.
El pintor chileno Manuel Terán (Santiago de Chile, 1974) asume ese desafío, en un experimento que a veces parece evocar el existencialismo de los años ’60 (Michelangelo Antonioni) y, otras, el tardío expresionismo de los ’30 (René Claire, Jean Renoir), pero no en la pantalla cinematográfica sino en el óleo. La comparación con el cine, un arte marcado por la tecnología del siglo XX, no es arbitraria.
Las ciudades de Manuel Terán se definen más que por sus edificios, a veces monumentales, otras bajos y humildes, sino más bien por sus cielos y sus atmósferas, en donde un azul hiriente cordillerano baja a un gris opaco mesetario, y del espacio agresivamente verde que las rodea, e incluso las invade, desciende hacia plomizo hormigón y el asfalto de engañosos reflejos.
Sus atmósferas enturbiadas por niebla y smog, especialmente, otorgan a sus “retratos capitales”, como el artista mismo los denomina, un clima inquietante, espeso a veces, que planea sobre hollinados muros y azoteas erizadas de antenas de TV, o por encima y por detrás de viejos tejados rojos de barrio, como sobre erectos volúmenes verticales del desolado cemento gris de la ciudad industrial, sus ferrocarriles y sus avenidas.
Esa atmósfera trasciende el mero ‘retratismo urbano’, para relacionar estas imágenes con un significado implícito que busca expresarse en lo inexpresivo del acero, el hormigón y el ladrillo o la teja, patinados por la intemperie. Es irresistible relacionar estas imágenes con las escenografías del cine mudo alemán de los años ’20, aunque ellas se resistan a las deformaciones geométricas del expresionismo, con el primer cine sonoro, y con el cine del existencialismo sesentista.
Tras la aparente neutralidad de su apenas difuso realismo es posible leer en estas engañosas imágenes una interpretación que la misma naturaleza de lo visual hace imposible verbalizar pero que no por eso está menos presente.
Tal vez sea arbitraria la comparación. Pero así como un visitante del planeta Marte podría pensar que, por la perfecta geometría de sus ciudades, los seres más perfectos de la creación terráquea son las aéreas y sensoriales abejas, seres del color y del aroma, o por el elegante y adaptativo de las suyas, son los castores por la manera en que las insertan en un medio inasible y móvil como el agua, así también las caóticas, grises y agobiantes aglomeraciones urbanas de los hombres los (nos) relegarían a la categoría de seres inferiores y semisubterráneos como las hormigas o las termites, que también construyen túneles y rascacielos.
Desde la perspectiva cenital que adopta a menudo Manuel Terán, ciudades como Santiago de Chile parecen, desde arriba, colonias opacas de termites que brotan en medio de la violentamente verde vegetación del litoral oceánico que las rodea, entre el Pacífico y los Andes. Las calles aún desiertas de Madrid remedan rectos senderos de hormigas abandonados o en algún caso, los faros de los automóviles que se ven venir desde lejos brillan como migas de pan sostenidas de a pares en pinzas de gemelas hormigas obreras que llevan alimento a las larvas del hormiguero.
Manuel Terán se graduó en la Facultad de Artes de la Universidad de Chile en 1999. Su obra ha sido premiada y expuesta abundantemente en Argentina, España, Italia y Uruguay, además de su país natal, Chile.
Revista Heterogenesis. Marzo 2006
