Realismo Urbano
Manuel Terán, nacido en Chile y afincado en España, vive en las sobrias y ensoñadas tierras de Cuenca, llevando entre nosotros el tiempo suficiente para impregnarse del variado paisaje de nuestras ciudades más importantes. Ante sus cuadros, podríamos preguntarnos el porqué de esta disciplina personal, rígidamente aplicada a la plasmación de imágenes familiares a nuestros ojos acostumbrados al deambular cotidiano.
Cada cual, tiene en su mente la memoria acumulada de la ciudad vivida. Los que hemos crecido en Bilbao, sabemos de sus oscuras presencias, de un pasado gris, maquinal e industrioso y de las transformaciones que ha experimentado hacia una modernidad que no deja de sorprendernos en su desarrollo, y que va atrayendo continuas actualizaciones y renovaciones del entorno. Cuando revisamos los resultados conseguidos hasta hoy, casi todos descubrimos, con curiosa sorpresa, trozos de nuestra ciudad que, vistos en el plano de una pintura, adquieren una nueva relevancia.
La mirada de un ciudadano es, por hábito, poco observadora. La costumbre, el conocer la ciudad intuitivamente y la falta de tiempo, son impedimento para esta actividad contemplativa; a pesar de disponer de facultades que pudiéramos ejercer de modo más acertado. Sin embargo, el pintor tiene una visión amplia, panorámica, y gran agudeza para percibir los detalles.
Manuel Terán aprecia, en las estructuras ciudadanas, la misma complejidad y armonía que en el conjunto de cualquiera de los motivos que puedan suscitar la creación de un cuadro; sea éste un paisaje, o una naturaleza estática, o el activo movimiento de una multitud. Estas figuraciones, que el artista elabora con detenimiento, revelan su observación íntima, que luego plasma sobre el soporte pictórico. Todo se resume en encontrar y hacer reconocible lo grato y bello que puede contenerse en cualquier rincón que, bajo la mano segura del pintor, se convierte en testimonio de perdurable interés, cuando no de respetuosa admiración.
Otra cosa es el modo de hacerlo.
Vivimos en un mundo complejo. Las teorías son muchas y los practicantes de todo tipo de actividades artísticas, son ya incontables. La cultura del ocio ocupado, ha hecho a muchos empuñar el pincel para satisfacer sus posibles aspiraciones en el terreno del Arte. Esto es una de las bases para la riqueza de expresión personal, que es siempre bienvenida en cuanto desarrolla culturalmente la calidad humana de los pueblos. Pero hay un aspecto oscuro: la premura y hasta ansiedad suscitada por conseguir a corto plazo lo que, salvo genialidades infrecuentes, se consigue con gran esfuerzo, constante experiencia y atrevida imaginación.
Como se dice enfáticamente: “aquí no hay trampa ni cartón”. Lo que sí hay es una capacidad especial para el dibujo y un gusto acertado para elegir puntos de vista. Manuel Terán dibuja cuando dibuja y pinta cuando pinta. Esta afirmación perogrullesca se confirma al observar sus grisallas – resaltes en blanco sobre gris entonado, que refuerza con un enrejillado de lápiz, para mejor definir contornos o enriquecer los planos de algunas superficies-; aunque no mezcle ambas técnicas, dibujo y pintura, en ninguna de sus obras a pleno color.
Los sistemas de trabajo: – en la acuarela y fresco: habitualmente transparencias de color sobre una superficie clara -. Cuando se trabaja al óleo es una inversión del proceso: insistidos de blanco con colores locales propios de los objetos, sobre una veladura como ligera entonación de base, y retornos constantes hacia los contrastes de sombra, con pincelada ligera y suelta, casi transparente, para insistir de nuevo, en la búsqueda de las luces, hasta que el cuadro queda equilibrado y, definitivamente, terminado.
Esta fórmula, base del hacer de los maestros de la pintura universal, es un inamovible pilar de manejo de la materia para conseguir una representación limpia de los objetos y un tratamiento ajustado de los colores, sin renunciar a su brillantez. En esta obra que se ofrece, no hay pastas artificiosas que engorden la textura del cuadro, sino un finísimo discurrir de pincel por toda la superficie que dibuja y pinta al mismo tiempo, sin encajes previos, procurando hacerlo todo “a la primera”, para lograr esa impronta de frescura que la obra debe tener cuando está bien acabada.
Desde su infancia, Manuel Terán tuvo de natural el bendito don de la expresión artística – recordaban sus padres, llegados para acompañarle en estos días de familia y afectos -, hábil disposición para el dibujo y la constancia que siempre ha manifestado en su dedicación a conseguir el sueño de sus propuestas plásticas.
Sus obras, sobre todo las de gran formato, le revelan como un pintor de sensibilidad para captar la luz y el color ambiental y manifiestan su capacidad para abordar grandes temas, sin asustarse por las dimensiones del motivo ni las dificultades de los temas más duros de elaborar.
Bilbao, nuestra ciudad, ha sido objeto de su visita y de su interés. La captación de los temas más significados a su mirada, está presentada por un extendido número de obras de delicado hacer. La particularidad de algunas vistas, donde se incluyen los elementos más actuales de nuestro vivir ciudadano, tomados en el punto en que pueden ser más explícitamente atractivos, queda así presentada para la memoria evolutiva de la ciudad.
En la muestra, incluye algunas obras basadas en el particular paisaje de otras metrópolis, dando ejemplo de un saber hacer que rompe cualquier perspectiva de límites y condicionamientos. El tratamiento de los elementos arquitectónicos de la ciudad excluye, deliberadamente, el posible anecdotario de la figuración humana; ya que es la intención del pintor persuadir al propio espectador a que se incluya en el ambiente del cuadro, añadiendo su particular visión del mismo.
Es otra oportunidad, la de protagonizar su obra, que Manuel Terán nos concede en esta sobresaliente exposición, en nuestra Galería.
Gerardo Fontanes Pérez
AKROS GALLERY
Bilbao, Diciembre 2006.
