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Lo que Manuel Terán ve con su paleta retratista

Publicado en Oct 02 2008

El escenario de la historia en el siglo XX, contra lo que sucedía en siglos anteriores, no han sido océanos, montañas o continentes exóticos, sino las ciudades, nuestras propias ciudades. Sus edificios, monumentos, equipamiento urbano son hoy sobrevivientes de la escenografía, las bambalinas, el decorado de los dramas del siglo XX, desde las escalinatas de San Petersburgo hasta el Muro de Berlín, pasando por los hierros desnudos de la cúpula de Hiroshima.


    Hoy en el siglo XXI vivimos en cambio cada vez más en un escenario virtual de imágenes digitales, pantallas fosforescentes; cada vez más lejos de calles, aceras, plazas, avenidas. Esa escenografía concebida para una historia que ya pasó sigue sin embargo estando allí, aunque con unos actores que ya no son seres humanos sino automóviles, autobuses, tranvías eléctricos.

    Hay días y horas del día en que las verticales perspectivas de la ciudad parecen pobladas por una fauna automotriz, dotada de animación propia y unos instintos y expresiones cercanos en su mecánica animalidad a ciertos animales salvajes que vemos en manadas por televisión, lejos de su implícita amenaza.

    En estas ciudades de hoy se da un fenómeno meteorológico peculiar. El cielo está muy alto y la atmósfera posee una extraña propiedad que tiñe de tenue gris el aire, tal vez porque refleja los muros patinados de hollín por los escapes de los mismos vehículos que han invadido calles que antes fueron para hombres.

    Este escenario teatral con telones de cartón piedra convertido en un ecosistema de máquinas nos resulta tan existencialmente inerte que se torna casi invisible a nosotros, los mismos ciudadanos urbanos, caminando siempre de prisa, la mirada puesta un paso adelante de la punta de nuestros zapatos.

    Manuel Terán no lo ve así con su paleta psicológica. Sus retratos capitales logran sacudirnos la rutina de la mirada y nos permiten ver la ciudad latente que nosotros no vemos con nuestros ojos fatigados e introspectivos de peces urbanos.

    Su mirada de pintor descubre rescoldos de luz, color, cielo donde nosotros sólo vemos señales de tráfico o escaparates, guiños de giro o avisos de freno, carteles cívicos o anuncios comerciales. Su mirada fisonomista observa estados de ánimo, rasgos de carácter, señas de identidad. Pinta la Gran Vía, el Nervión o el smog del cielo urbano de Santiago de Chile, como otro trazaría una ceja enarcada, un rictus en las comisuras, un párpado bajo el que espía la pupila.

    Es una fortuna para nosotros que alguien así todavía se tome la molestia de mirar lo que nosotros ya no vemos, y nos lo recuerde. La pintura de Manuel Terán es una incitación a pensar, a examinar nuestras experiencias, y reflexionar acerca de nuestro mundo y su historia contemporánea, de la que son emblema  hoy esos fósiles rostros pétreos de nuestras ciudades, su atmósfera gris, sus esquivos reflejos de luz, y la mueca de su acechante, esmaltada fauna mecánica.

Martín F. Yriart